Un Accidentado Viaje hacia El Salvador

Unos días después de que Gogo volvió a México, es hora de seguir viaje en solitario. Estando en la ciudad de Antigua decido visitar El Salvador, así que un miércoles por la mañana me pongo la mochila en la espalda y parto rumbo al país más pequeño de Centroamérica.

No es fácil despedirse de una ciudad tan bonita

Desde la terminal de autobuses abordo una camioneta con dirección a la Ciudad de Guatemala. Es la tercera vez en una semana que hago el mismo recorrido, por lo que el paisaje no es ya ninguna novedad.

Entrando a la capital del país comienzo a buscar el “Trébol”: una intersección importante donde debo bajar del autobús. Llegamos, el conductor frena y -justo cuando estoy a punto de pisar el suelo- acelera nuevamente. En milisegundos intento evitar perder el equilibrio, pero mi tobillo izquierdo termina haciendo un ángulo de noventa grados y caigo al suelo con todo y las dos mochilas. Trato de pararme, pero me es imposible mantener el pie recto, así que me arrastro como puedo hasta estar en la banqueta a salvo de los autobuses que no paran de llegar.

Camioneta con rumbo a la Ciudad de Guatemala

Tras ver el que seguramente ha sido el espectáculo del día, varias personas se acercan a ayudar. Me quedo unos minutos sentado durante los cuales el dolor disminuye sin motivo aparente, por lo que decido seguir caminando. Error. Apenas apoyo mi peso en el pie, se hace evidente que no voy a llegar muy lejos. Termino de recorrer la cuadra y nuevamente me siento en el suelo.

Dos minutos después se acerca una señora cargando un cachorro en una cobija. Me dice que se llama María y después de darme al perro, se sienta y comienza a sobarme el tobillo. Quiere saber de dónde vengo y qué estoy haciendo en esta parte de la ciudad. Le explico que acabo de llegar de Antigua y que mi plan es llegar a El Salvador, mientras que ella sigue sobando y el dolor disminuyendo.

En algún momento que no recuerdo con claridad, la curación se convierte en una especie de ritual religioso. María comienza a rezar tan apasionadamente que las lágrimas le corren por los ojos y poco después siento una mano tocándome la cabeza: una vendedora de los puestos al costado del camino ha visto toda la escena y ahora está también rezando. Piden que yo sea aceptado en el reino de los cielos y repiten una y otra vez la frase que más vivamente recuerdo de aquel día: ¡Hay fiesta en los cielos!

 

En cuanto terminan las oraciones, Carmen -la vendedora- se despide. Estamos otra vez María y yo en la banqueta. A los pocos minutos logro ponerme en pie, pero ni así consigo convencerla de que no es necesario que me acompañe hasta la terminal de autobuses, por lo que abordamos juntos una nueva camioneta.

El que de por sí está siendo uno de los días más extraños del viaje, toma un nuevo giro cuando un predicador cristiano aborda el autobús. Sospecho que María no dejará pasar la oportunidad y estoy en lo correcto. El predicador se acerca y ella le cuenta lo que me acaba de pasar, que soy mexicano y que estoy viajando solo por el país. Otra vez tengo una mano en la cabeza y ahora no solo María y el predicador rezan: ¡todos en el autobús siguen las oraciones! Siento una mezcla de vergüenza e incredulidad, pero lo cierto es que estoy sorprendido porque todos estos extraños se han tomado parte de su tiempo para intentar ayudarme sin siquiera saber mi nombre.

Cuando el predicador termina de rezar y se dirige a la parte trasera del autobús, María me cuenta que confía tanto en dios que no le importa ir sentada en la fila más próxima al conductor. No entiendo a qué se refiere, hasta que me explica que en Guatemala son muy comunes los asesinatos a choferes de camioneta, y que muchos locales prefieren ir de pie antes que sentarse en la parte frontal. A pesar del escalofrío que me corre por el cuerpo, decido quedarme sentado y dejar que todo siga su curso.

Una media hora después, llegamos a la terminal. No tengo suficientes palabras de agradecimiento para María, quien incluso hace el trabajo de regatear el precio de mi siguiente autobús hacia la frontera. Antes de despedirnos, anota su teléfono en un pedazo de papel y me dice que no dude en llamarla si estoy de nuevo en la ciudad.

 

Ya sentado dentro del autobús, me doy cuenta de que no tengo ni idea de a qué paso fronterizo exactamente estoy yendo ni de cuánto tiempo durará el viaje. En lugar de preguntar, decido relajarme y nuevamente dejar que todo siga su curso. Al fin y al cabo, funcionó la vez pasada.

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