Treinta Días: El Despegue

El siguiente post forma parte de una serie que escribí algunos días antes de partir a Japón en 2015. Si bien hay cosas que cambiaría, he decidido dejar las publicaciones intactas para que reflejen las sensaciones de aquel momento.

Quedan sólo treinta días para salir de viaje nuevamente. Lo de ahora no es otro mes por el sur de México o cuarenta días por países de Centroamérica. En treinta días me voy en el sentido más estricto de la palabra. No hay ni fecha ni pasaje de vuelta. Hay un presupuesto limitado y mucha Asia para explorar.

Decidí armar este post porque, para mí, la parte más complicada de los viajes es dar el primer paso. No es mi primera salida, pero todo el proceso se repite con cada vuelta y con cada nuevo proyecto. Quiero que sepan que los que decidimos hacer viajes de este tipo somos personas comunes y corrientes. Al menos yo siento mucho miedo, porque la trillada zona de confort es siempre difícil de dejar.

Eso de ir y volver de uno o más viajes largos es como el proceso de despegue y aterrizaje de los aviones. Cuando aterrizo después de la aventura, me enfrento al llamado reversed cultural shock: un choque con las costumbres de tu lugar de origen. Pocos entienden el significado de los viajes que no son vacaciones, y a los que volvemos nos cuesta adaptarnos a nuestra antigua realidad.

De a poco me voy acoplando otra vez a la zona de confort y a la vida sedentaria. Es cómodo estar aquí, pero siento que mientras estoy quieto no aporto ni aprendo mucho. Al menos ahora, siento que el viaje es el único sitio donde puedo ser yo mismo. Así que apenas vuelvo, no puedo evitar comenzar a planificar el próximo viaje. Los aviones están hechos para volar, dicen.

Y así vuelvo a la pista. Aún en tierra, pero con el cielo como objetivo. Cuesta mucha energía arrancar motores y salir nuevamente. Es duro dejar la seguridad, las certezas y las comodidades. Pero ¿a dónde se llega si nunca se sale de casa?

Los primeros días del viaje son también contradictorios: la comodidad está ahí y casi puedo verla coqueteando desde la ventanilla. Recuerdo con demasiada fidelidad mi casa, mi familia, mi Bimba, mi cama y mi parque. Recuerdo las rutinas que me sientan cómodas y no puedo evitar sentir un nudo en la garganta. Lo dejo todo, y no tengo la menor idea de cuando voy a volver a verlo.

Una vez que lo único que se ve desde arriba es el blanco de las nubes, todo comienza a fluir. En México el viaje fluyó desde que llegué a Chiapas, y en Centroamérica desde el Lago Atitlán. La zona de confort se difumina cada vez más y llega un momento en que se pierde de vista. Mi casa, mi familia y mi Bimba están lejos y un poco borrosos. Ya no son algo tan próximo, y al saberlo inevitablemente dejo de pensar en volver como una opción. Es recién ahí cuando las bondades del viaje hacen su aparición. Es ahí cuando realmente comienza el viaje.

Y todo esto es una rueda de la fortuna. El proceso se repite una y otra vez. Es muy cansado, cuesta mucho esfuerzo, muchas lágrimas y mucho estrés, pero finalmente vale la pena. Lo que se viene en estos treinta días es la parte más difícil: el despegue.

Deja un comentario:

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *