El Mercado de Chichicastenango

Después de pasar un par de días en la ciudad de Quetzaltenango, partimos por la mañana hacia Chichicastenango: nuestro siguiente destino guatemalteco. Abordamos un chicken bus desde el mercado central y nos dirigimos hacia Los Encuentros, una localidad que sobrevive exclusivamente gracias a que ahí se cruza la carretera que va desde Xela hasta Ciudad de Guatemala con la que une Chichicastenango y el Lago Atitlán. Bajamos y a los pocos minutos ya estamos yendo hacia el norte.

Chichicastenango es una localidad habitada principalmente por indígenas de la etnia Quiché. Fue en este sitio que se descubrió el Popol vuh: uno de los libros pilares de la civilización maya que explica el origen del universo y ha sido clave para entender la ideología prehispánica en Centroamérica. Sin embargo, la razón por la que estamos aquí es el mercado indígena que se celebra los jueves y domingos.

Al día siguiente de haber llegado, salimos temprano del hotel y nos dirigimos hacia la plaza central del pueblo para ver la actividad desde el amanecer. Junto a nosotros vienen decenas de vendedores de la región, que caminan desde la madrugada cargando con sus productos en la espalda. A pesar de que estamos en pleno verano, en las zonas más altas de Guatemala hace un frío que cala hasta los huesos y el olor a leña impregna cada rincón del pueblo.

Al final de la calle nos topamos con la Iglesia de Santo Tomás, que fue construida en 1540 sobre las fundaciones de un sitio prehispánico. Hoy en día, sigue siendo un símbolo del llamado “sincretismo religioso” de Guatemala, que se refiere a la manera en que se mezclan tradiciones y creencias indígenas con el culto católico traído durante la colonia española en el país. En las escaleras es común observar rituales mayas donde el copal y las danzas ancestrales están a la orden del día. Dentro del templo, el altar y las imágenes católicas se encuentran al fondo, mientras que en el pasillo central hay placas de concreto donde se realizan rituales mayas y sacrificios de animales.

Salimos de la iglesia con los primeros rayos del sol, y los vendedores que llegan en camioneta se abarrotan frente al mercado. Vamos a la plaza central a desayunar algo y caminamos entre puestos improvisados donde se venden principalmente telas y artesanías. Poco después, entramos a un edificio color durazno en donde hay únicamente frutas y verduras. Subimos al segundo piso y desde ahí arriba somos testigos de un fascinante mosaico de colores.

Hay tanta gente que es difícil caminar entre los puestos. No entendemos por qué hay menos extranjeros aquí que en la parte exterior del mercado, aunque imaginamos que quizás las artesanías y los textiles sean más atractivos que las frutas y las verduras. De lo que sí estamos seguros es de que difícilmente olvidaremos aquella postal, desde lo alto de un edificio, en la que vimos condensada la vida diaria de la Guatemala más tradicional.

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