La Ceiba: El Paraíso Caribeño de Honduras

A primera hora de la mañana, Albert y yo salimos de nuestro hostel en Copán Ruinas y abordamos el primer autobús del día rumbo a San Pedro Sula. En lugar de seguir la ruta más lógica y cruzar a Guatemala para llegar a Tikal, decido darle una oportunidad a Honduras y recorrer algo más de su territorio. No hace falta decir que -a sabiendas de que estamos yendo a una de las ciudades más violentas del mundo- vamos bastante nerviosos.

Las afueras de San Pedro Sula no son ni más ni menos feas que las de cualquier otra ciudad industrial latinoamericana. Bajamos en la terminal de autobuses al sur de la mancha urbana, donde afortunadamente encontramos rápidamente una conexión hacia nuestro destino final: La Ceiba. Después de atravesar buena parte de la ciudad, finalmente nos relajamos cuando el tráfico y la suciedad son reemplazados por aquel verde tan centroamericano que abraza ambos lados de la carretera.

El verde de Centroamérica

En Honduras, un dicho popular dice que mientras Tegucigalpa piensa y San Pedro Sula trabaja, La Ceiba se divierte. Creo que no hay mejor manera de describir el sitio al que estamos a punto de llegar.

Considerada la tercera ciudad más grande del país, La Ceiba es la cabecera del departamento de Atlántida y la puerta de entrada a las islas del caribe hondureño. Al día siguiente de haber llegado, nos despertamos temprano y nos dirigimos a un sitio que ni en nuestros más locos sueños hubiéramos podido imaginar: el Parque Nacional Pico Bonito. Tenemos suerte de que Orlando  -el dueño del hostel- se ofrece a llevarnos hasta la entrada e incluso nos ayuda a pagar como hondureños y no como extranjeros. Charlando con él, nos damos una idea de lo mucho que sufren quienes dependen del turismo con la mala reputación que tiene Honduras y lo necesitado que está el país de nuevos visitantes internacionales.

 

El Parque Nacional “Pico Bonito”

El ingreso al Parque Nacional está marcado por un puente colgante sobre el Río Cangrejal que cruzamos antes de sumergirnos en la selva. Decidimos recorrer los dos kilómetros y medio del sendero principal, que al principio nos parece sencillo. Comenzamos la caminata y rápidamente el cielo desaparece cubierto por las copas de los árboles en un despliegue de tonos verdes y marrones.

En algún punto del camino, comenzamos a escuchar el sonido del agua que cada vez se vuelve más intenso. Unos minutos después, ¡llegamos a la primera cascada! Nos detenemos y pasamos más de media hora en un oasis donde nadamos y sentimos la fuerza del agua en la espalda mientras la temperatura exterior supera los 35 grados centígrados.

Una vez dejamos atrás la cascada, seguimos por el sendero que cada vez nos parece más largo. Casi estamos seguros de que hemos seguido todas las indicaciones en el camino, pero hace rato que no vemos ninguna señal. Pronto volvemos a escuchar agua, llegamos a una segunda cascada que coincide con el mapa y comenzamos el descenso.

Si bien dos kilómetros no son una gran distancia, volver hacia el inicio del sendero cuesta incluso más trabajo que la subida. Por el camino vemos una pequeña serpiente azul colgando de un árbol, ranas, sapos y una cantidad infernal de mosquitos. A pesar del cansancio, vamos felices porque hemos desafiado la imagen apocalíptica del país con una experiencia inolvidable.

Una vez en la entrada, nos vemos obligados a hacer dedo hasta la ciudad, ya que el transporte público deja de operar más o menos a las seis de la tarde. Por fortuna, no tardamos demasiado en conseguir viaje y una familia hondureña nos deja a dos cuadras del centro de La Ceiba. Aquella tarde nos dirigimos a la playa, y mientras vemos cómo el cielo se pinta de tonos rosas y morados, pensamos mucho en todo el potencial turístico que tiene este país, y la manera en que la violencia ha acabado con lo que podría haber sido la gallina hondureña de los huevos de oro.

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