¡Hola Guatemala!

Desde hace ya algunos años tenía ganas de conocer Guatemala. Vivo en México, y tener un vecino al sur con tantos pueblos, ciudades, volcanes, lagos y personas por conocer significaba que algún día tendría que ir. Soñaba despierto con relajarme en el Lago Atitlán, caminar por las calles adoquinadas de Antigua y ver la bandera blanquiazul ondeando en lo alto de los edificios.

La primera vez que realmente me planteé viajar a Guate, fue estando con un amigo. Me preguntó a dónde viajaría si pudiera teletransportarme en ese momento y respondí a Guatemala sin pensármelo mucho. También sin mucha meditación, él me dijo vamos. Y bueno, aquí estamos unos meses después, escribiendo desde San Marcos la Laguna en el Lago de Atitlán.

Lago de Atitlán, Guatemala.

Primeras impresiones: De nerviosismo, oficiales corruptos y mucho calor.

El tres de junio viajamos desde San Cristobal de las Casas hasta Ciudad Cuauhtémoc -la última ciudad mexicana antes de pasar al lado guatemalteco-. Yo estoy ansioso porque -según había leído- los oficiales de migración pueden pedir decenas de papeles para que un menor de edad pueda cruzar la frontera solo. Según yo tengo todos los documentos en regla, pero aún así hay algo de incertidumbre.

Cuestión que el autobús se detiene justo en frente de la oficina del INM (migración mexicana). Entramos y saludamos al único oficial que está ahí. Le digo que necesitamos el sello de salida de México; toma los pasaportes y -sin siquiera ver la foto- saca el sello y los estampa. Primera etapa: superada. Si no supo ni cómo me llamo ni si el pasaporte está vigente, menos se fue a enterar que soy menor de edad. Con un peso menos en la espalda, salimos de la oficina y tomamos un taxi que por menos de un dólar nos deja en la línea fronteriza: un verdadero cáos entre cambistas, vendedores y tuk-tuks.

Los primeros carteles de “Bienvenidos a Guatemala” me emocionan mucho. Nunca creí que los vería cara a cara, que en unos minutos estaría pisando suelo chapín, que viajaría -primero con Gogo- y después solo, por el país del corazón del mundo maya. Cargamos las mochilas y cruzamos a Guatemala así, como Pedro por su casa.

La frontera es un descontrol total; todo mundo puede ir y venir sin que a nadie le importe nada. Nosotros decidimos hacerlo todo legal y vamos a la oficina de migración guatemalteca. Otra vez los nervios. Entramos y le decimos al oficial que necesitamos el sello de ingreso al país. En la oficina vemos muchas banderas blanquiazules, un retrato del presidente Otto Perez Molina, dos computadoras y otros dos oficiales. Esta vez, uno de ellos se lleva los pasaportes y teclea datos en la computadora. Yo me quiero morir. Ya está, se da cuenta de que soy menor de edad y me pide un papel que seguramente no traigo. Adiós Guatemala.

Unos eternos segundos después, saca de un cajón el ansiado sello azul y estampa los pasaportes. Se acerca y nos dice que tenemos noventa días para recorrer el país.

Luego llega el esperado intento de timo: casi en secreto nos dice que debemos abonar veinte pesos por persona (poco más de un dolar y medio). Yo ya había leído experiencias similares de otros viajeros y sé que todos los trámites deben ser gratuitos. Le contesto -asegurándome de que todos en la oficina me oigan- que no voy a pagar nada a menos que me de un recibo oficial. Medio que se asusta y me dice -otra vez en voz muy baja. que no me preocupe y lo pague a la salida del país. Le agradecemos y salimos a la calle.

Un poco enojados por el “impuesto”, ¡llegamos a Guatemala! Creo que eso de haber cruzado tantas veces la frontera entre México y Estados Unidos (una de las más estrictas del mundo) me hizo una imagen en la cabeza muy distinta de la realidad de otros puertos fronterizos.

Los famosos tuk tuks

Preguntamos cómo llegar a Huehuetenango -la primera ciudad guatemalteca a visitar- y nos mandan a caminar por una calle en subida llena de puestos de ropa, pollo frito, alquiler de teléfonos (?) y hoteles baratos.

Y empieza el viaje: Crónicas desde un Chicken Bus.

Lo veo de reojo mientras vamos caminando con las mochilas. Estoy exhausto entre tanto calor, olor a aceite y peso en la espalda. Se acerca y oímos más claros los gritos de ¡Huehue, Xela, se va para Huehue, Xela! Le digo a Gogo “supongo que acá subimos” y creo que se ríe más que yo. Un autobús escolar pintado de los colores más brillantes que pudiéramos imaginar subía por la calle echando un humo negro con olor a diesel. Luego me enteraría que ese olor tan particular es uno de los olores de Guatemala; está en todas las ciudades, pueblitos y parajes del país. Colgado de uno de los costados del autobús, el copiloto grita los nombres abreviados de los destinos (Huehue para Huehuetenango, Xela para Quetzaltenango, Reu para Retalhulheu y Toto para Totonicapán, por ejemplo).

Preguntamos el precio y somos felices. Veinte quetzales (menos de tres dólares) por un viaje de dos horas: para los estándares mexicanos, una ganga. Subimos, y -creo yo- en ese momento comienza realmente el viaje por Guatemala.

Después de terminar trabajosamente de subir la empinada calle desde la frontera, el autobús por fin avanza hacia destino; en asientos para dos personas caben cuatro, las bocinas no conocen niveles máximos de volumen y los paisajes son los más bonitos que vi en mucho tiempo. El camino es curva tras curva con una pendiente constante, y es que desde la frontera hasta Huehuetenango hay una diferencia de altitud de más de dos mil metros. La propaganda política está hasta en las piedras (literalmente, pintan las rocas de los cerros con emblemas de los partidos), hay mucho verde y la temperatura va descendiendo poco a poco.

Por la ventanilla se ven escenas de la vida diaria que condensan un poco de lo que es este hermoso país: señoras llevando a sus ovejas a pastar, vendedores de plátano frito y palabras como pinchazo, túmulo y parqueo que se suman al vocabulario chapín del que muy poco sabemos aún.

También vemos muchas banderas estadounidenses ondeando por ahí: luego nos enteraríamos de la enorme cantidad de guatemaltecos que viajan al país del norte y son deportados -algunos inmediatamente, otros después de muchos años- de vuelta a Guatemala. Si el llamado sueño americano es tema diario de conversación en México, acá está incluso más presente.

Con los nervios hechos un desastre por las maniobras del conductor, las distancias mínimas entre autobuses enormes a gran velocidad y los omnipresentes bocinazos sin motivo aparente, llegamos a Huehuetenango: una ciudad al sur de la Sierra de los Cuchumatanes. Bajamos y nos sumergimos directamente en un mercado: nuestro primer mercado guatemalteco.

De mercados, hoteles horribles y aguaceros que unen.

Creía que después de haber visto los mexicanos, ningún mercado extranjero iba a poder sorprenderme. Estaba muy equivocado: en Guatemala, un mercado es la definición del amontonamiento, el regateo, el cáos, el color y la cultura en su máxima expresión. El autobús desde la frontera para literalmente en medio del de Huehuetenango, y es una sacudida de nuestros cinco sentidos. Merece un libro entero la cultura del mercado en este país.

Mercado de Chichicastenango en el departamento de Quiché.

Pagamos veinte quetzales por una habitación doble en pleno centro de Huehuetenango. Estamos tan cansados de cargar las mochilas que ni siquiera revisamos si está limpio o no. Cuando veo el primer bicho correr entre las sábanas, se me ocurre una opción que seguramente nos salvaría de piquetes posteriores: armar la carpa encima de la cama. Como mi casa de campaña es individual y se arma en menos de un minuto, no es demasiado problema hacerlo y es una protección asegurada contra cualquier animal de hotel barato.

Con la carpa armada y la emoción del nuevo país, salimos a caminar por ahí. Damos una vuelta por la iglesia, por el parque, y después bajamos por una calle secundaria. De la nada comienza a llover como el fin del mundo y nos refugiamos en una esquina techada. Junto a nosotros está Lizandro. Lo saludamos y la conversación inicia así nomás. Nos dice que es procurador de abogado, que tiene setenta años, y que sigue estudiando la universidad. Sé que tendremos una gran experiencia con la gente guatemalteca cuando nos dice que le gusta recibir estudiantes extranjeros en su casa.

Lizandro estudió varios años de la carrera de derecho en la misma clase que su hija. Nos dice que ella avanza más rápido, pero que él quiere titularse aunque sea la última cosa que haga. Saca su libro del maletín y nos muestra lo que estudia. Además de pasar el tiempo mientras la lluvia para, conversar con Lizandro alivia bastante la tensión que tenemos por lo mal que nos habían hablado de Guatemala. Coincidimos en que los mejores encuentros se dan así, por casualidades tan simples como un aguacero que reúne a un cierto grupo de personas, en un cierto sitio, a una cierta hora.

Y seguimos viaje por Guatemala, con ganas de menos aguaceros pero más encuentros con la amable gente chapina.

Deja un comentario:

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *