Cómo Reparar un País Roto

Prólogo: de Guatemala a El Salvador con un pie lastimado

La misión de llegar a El Salvador desde Antigua está siendo más complicada de lo que tenía pensado. Llevo cuatro horas en un típico autobús guatemalteco y mi pie izquierdo parece una ciruela después del golpe que se llevó en la capital. Durante el recorrido conozco a un chico salvadoreño que trabaja como mecánico en Guatemala, y al llegar a la localidad de Valle Nuevo ambos abordamos un tuk-tuk que nos deja en el cruce fronterizo.

Los trámites de migración son bastante sencillos. Sellar la salida de Guatemala, cruzar un puente e ingresar a El Salvador. Pierdo de vista a mi compañero de viaje, así que abordo solo una minivan que me lleva hasta la ciudad más próxima a la frontera: Ahuachapán.

¡Bienvenidos a El Salvador!

El conductor se detiene frente a una plaza comercial donde decido comprar una venda y un antiinflamatorio. Con el peso de ambas mochilas, cada paso me hace ver estrellitas del dolor, por lo que busco un taxi y le pido que me lleve al hotel más cercano.

No es buena señal que los precios estén indicados por hora y no por noche. Sin embargo, lo único en lo que puedo pensar es en una cama y en no tener que cargar más con las mochilas. Pago cinco dólares por una habitación sencilla y me recuesto por fin después de un día agotador. No hay internet, así que enciendo la televisión para distraerme un poco del dolor mientras pienso que mañana debo buscar alguna clínica si mi pie no mejora.

 

De pronto, algo más llama mi atención. Entre las tablas del techo de madera alcanzo a ver un animal que se mueve de un lado a otro. Observo más detenidamente y en cuanto veo la cola rosa y el cuerpo peludo, pego un grito que, calculo, habrá despertado a media ciudad. ¡Hay ratones en mi habitación!

Voy a la recepción y no sé si reír o llorar cuando me dicen que precisamente por los ratones es que tienen tres gatos en el hotel y que no debería preocuparme. Ante la insistencia deciden cambiarme de habitación, cosa que no me tranquiliza demasiado ya que todas están conectadas por el mismo techo de madera. Como hice con Gogo cuando nos hospedamos en un hotel de mala muerte durante nuestro primer día en Guatemala, armo mi casa de campaña sobre la cama y me dispongo a pasar la noche intentando no pensar demasiado.

 

Tal es mi cansancio que al día siguiente despierto a las diez de la mañana. Si bien mi pie sigue inflamado y aún no puedo caminar normalmente, el dolor es mucho menor que ayer. Me dirijo hacia la plaza central y entro en una cafetería para desayunar. Al ordenar, el acento me delata y Jessica -quien está detrás de mí en la fila- me pregunta de dónde vengo. Terminamos desayunando juntos y cuando le digo que mi plan es llegar a San Salvador ese mismo día, me dice que si la acompaño a la escuela donde trabaja, podemos después viajar juntos hasta la capital.

 

Casa La Atarraya.

Mientras vamos en su todoterreno hacia las afueras de Ahuachapán, le cuento a Jessica de la tía-abuela salvadoreña que conozco sólo a través de los relatos de mi nonna y mi mamá y que llegó a México huyendo de la Guerra Civil. Le platico también cómo durante el tiempo en que viví en Canadá con mi familia, fue una salvadoreña exiliada de su país quien nos ayudó a establecernos, nos regaló muebles y nos prestó una televisión para armar nuestro departamento en Toronto. Coincidimos en que ambas historias tienen en común el conflicto que vivió El Salvador durante la década de los ‘80s, cuyas cicatrices son aún visibles en la sociedad salvadoreña.

El efecto colateral más notorio que dejó la guerra fue el surgimiento de las llamadas maras: pandillas violentas ligadas al tráfico de drogas que afectan comunidades enteras a lo largo y ancho del país. Jessica y su familia decidieron tomar cartas en el asunto y junto con la Ramirez Family Foundation, crearon Casa la Atarraya. Me voy dando cuenta de que la escuela a la que estamos yendo es mucho más que un montón de salones, materias, alumnos y maestros: se trata de una institución sin fines de lucro que está transformando la vida de una nación marcada por la desgracia.

Entrada a Casa la Atarraya en Ahuachapán

Jessica me relata que el objetivo de la fundación es hacer que cuando los chicos crucen la puerta del edificio puedan dejar atrás una realidad que -bajo cualquier óptica- es complicada: familias divididas, violencia de todo tipo, amenazas e inseguridad. Dentro de La Atarraya, lo que predomina es la esperanza: a los chicos se les dan herramientas para que el esfuerzo que pongan en sus estudios se traduzca en un futuro mejor.

Los chicos leen, pintan y estudian en un ambiente seguro y libre de violencia

 

Los más grandes aprenden oficios como carpintería y pintura

Entro a los salones de clase y me sorprende la disciplina y la estructura que se perciben. Aquí se tiene mucho en cuenta los niveles de asistencia, la participación de cada uno de los alumnos y se premia tanto el esfuerzo como la dedicación. Hay una biblioteca infantil, un taller de oficios y una sala de computación. No puedo evitar pensar que en un país donde la violencia está siempre al acecho y las instituciones educativas están lejos de ser suficientes, los chicos de esta institución son afortunados de estar aquí. 

Los alumnos de Casa la Atarraya viven en algunos de los barrios más violentos de El Salvador

Lo que más me queda grabado de aquel día es la imagen de Jessica y su mamá, María Teresa, ayudando a reconstruir una comunidad junto con un grupo de maestros y voluntarios que dedican su vida a mejorar la situación del país. Ambas tienen la ciudadanía estadounidense, y sin embargo deciden cambiar durante buena parte del año los malls, los drive-thrus y la comodidad del país norteamericano por la dureza y los desafíos de El Salvador. ¿Cómo reparar un país roto? En Casa La Atarraya está el ejemplo.

María Teresa

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