Ascenso al Volcán Pacaya

Tengo que confesar que de no haber sido por Gogo (el amigo con quien inicié el viaje por Centroamérica), este relato seguramente no existiría. Estábamos en Antigua y yo me había acostumbrado tanto a nuestra mini-rutina de pasear por la ciudad, que la idea de alejarme no me atraía en lo absoluto. Sin embargo, viajar a Guatemala y no escalar un volcán es tan imperdonable como ir a París y no ver la Torre Eiffel.

Desde el Lago Atitlán hasta Antigua, los volcanes siempre estuvieron presentes en nuestro viaje a Guatemala

Casi arrancado a la fuerza de mi querida Antigua, estoy esperando un autobús que nos llevará hasta las faldas del volcán para iniciar desde ahí el ascenso a pie. Son las seis de la mañana, hace un frío que cala hasta en los huesos y nuestro transporte llega con más de una hora de retraso. Para calentarnos un poco, vamos a una panadería y compramos café y algo para desayunar. Nota mental: si vuelvo a Guatemala, no debo olvidar traer un buen abrigo.

Esta foto la saqué mientras esperábamos el autobús.

Finalmente, el autobús aparece y en un par de horas llegamos a San Vicente Pacaya. Somos un grupo de alrededor de treinta personas y alcanzamos a distinguir conversaciones en inglés, hebreo, francés e italiano. El guía camina rápido para mantener la delantera y Gogo lo sigue de cerca. Por momentos siento que se me acaba el aire, pero consigo mantener el paso y pronto nos encontramos ante las primeras vistas espectaculares.

Cada quince minutos aproximadamente, nos detenemos a descansar y esperamos a que todo el grupo se reúna. Los que prefieren evitarse el esfuerzo hacen la subida a caballo, y entre los que caminamos no falta quien llega casi desmayado a cada punto de encuentro. Lo cierto es que después de los días tranquilos de ciudad, me sienta muy bien el desafío.

Un poco más adelante la vegetación comienza a ser más escasa y pronto aparecen en el horizonte los otros tres volcanes que resguardan la ciudad de Antigua: el “Acatenango”, el “Fuego” y el “Agua”. Lo que más me llama la atención es la manera en que la temperatura baja paulatinamente y el aire se siente mucho más puro. Agradecemos que nos haya tocado un día soleado, ya ni en el Lago Atitlán ni en Antigua hemos corrido con la misma suerte.

Algo que nos parece curioso es que muchos de los integrantes del grupo dedican el tiempo en cada parada a comprar cualquier comida chatarra que se les atraviesa. Pan, papas fritas, galletas, dulces. Si la subida de por sí me está costando lo suyo, no me imagino hacerla con aquella cantidad de harina en el estómago. Nuestra prioridad es tomar la mayor cantidad de agua posible, además de que llevamos plátanos para reponer energías en el camino.

La vista desde uno de los miradores que hay a lo largo del camino

En algún momento notamos que el suelo comienza a ponerse negro y poco después el verde desaparece por completo. En lugar de árboles, nuestra vista está ahora dominada por roca volcánica. Por momentos sentimos que estamos en la superficie de algún planeta lejano, o que alguien vació una enorme bolsa de carbón en todo el suelo.

Unas dos horas después de haber partido desde el pueblo, alcanzamos a ver la cima del Pacaya. Estamos a más de dos mil metros sobre el nivel del mar y cuando hay algún hueco en la capa de nubes a nuestros pies, alcanzamos a ver incluso la Ciudad de Guatemala. Sin embargo, nada es tan impresionante como la vista hacia los otros tres grandes volcanes que parecen invitarnos también a escalarlos.

En la punta y después de que el guía coloca la bandera de Guatemala cual conquistador del volcán, jugamos con la curiosa textura de las piedras volcánicas. Gogo intenta escalar una pequeña colina y se hace cortes en todos lados cuando la montaña de piedras se viene abajo. Cuando la lava se solidifica, forma rocas filosas hechas de pequeños cristales. Nota mental número dos: si vuelvo a escalar un volcán, no debo acercarme demasiado a la lava (ni sólida ni líquida, por obvias razones).

Hablando de lava líquida, el guía nos explica que verla es común solamente durante las semanas siguientes a las erupciones del volcán. La más reciente ocurrió una noche de 2014, cuando hubo explosiones de hasta cien metros de altura que acabaron con buena parte de la selva en zonas más bajas y produjeron sismos en la región.

Cuando hay erupciones importantes, la lava quema toda la vegetación a su paso

Como desafío final, le preguntamos al guía si podemos hacer la bajada corriendo y accede sin mayor problema. Casi en tono de envidia, nos dice que nos acompañaría si pudiera, pero que debe esperar a todo el grupo. Llegamos muertos del cansancio y en la entrada al parque nacional nos hacemos amigos de los guardias y algunos niños que corren por ahí. Cuando finalmente llegan todos los del grupo, abordamos el autobús y volvemos a Antigua. Tal es nuestro cansancio que dormimos buena parte del trayecto y llegamos sin energías más que para cenar y dormir. La madrugada, el frío y el cansancio han valido la pena para tener un recuerdo más de aquellos que no se olvidan nunca en la vida. Guatemala -aquel país del que tantas cosas negativas se dicen- nos ha recibido con una belleza que ni nosotros creíamos posible.

Al menos una foto merecía el caballo después del esfuerzo que hizo para subir.

 

Información práctica para subir al Volcán Pacaya:

  • La población más cercana al volcán se llama San Vicente Pacaya. Para llegar, se puede contratar una excursión desde Antigua o bien utilizar transporte público. Nosotros elegimos la primera opción y pagamos 100 Quetzales por persona (menos de quince dólares). 
  • Las excursiones organizadas desde Antigua o Ciudad de Guatemala generalmente incluyen a un guía autorizado por el INGUAT. Si llegas en transporte público, tendrás que unirte a algún grupo en la entrada o contratar un guía privado.
  • Antes de entrar, deberás registrarte en un libro de visitantes que deberás firmar también a la salida.
  • Desde hace algunos años está prohibido el ascenso hasta el cráter del volcán. Tampoco se permite retirar piedra volcánica, plantas o animales del parque nacional.

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