Alegría y Terror en la Sierra de los Cuchumatanes

Despertamos temprano en Huehuetenango un día después de cruzar la frontera entre México y Guatemala. La noche anterior volvimos al hotel no demasiado tarde y tenemos muchas energías por la emoción del nuevo país. Nos han hablado muy bien de la región de los Cuchumatanes y decidimos ir cuando vemos que se trata de una zona poco turística pero llena de paisajes hermosos. Abordamos la camioneta (como le llaman los locales a los chicken buses) unas cuadras al norte del parque central, y nos preparamos para un viaje incómodo pero con vistas espectaculares.

Las “camionetas” de Guatemala.

Son dos horas de camino las que separan a Huehuetenango de la localidad de Tres Caminos, donde hacemos transbordo hasta la pequeña ciudad de Todos Santos Cuchumatán. La ruta pasa del verde frondoso de la selva a un césped bajo que da la impresión de estar cuidado por los mejores jardineros. La temperatura desciende conforme nosotros avanzamos y al costado izquierdo del autobús caen desfiladeros espectaculares que  -además de dar un poco de miedo- complementan las curvas y contracurvas que no parecen terminar jamás.

Pocas veces he sentido tanta emoción ante un paisaje. Es la sensación de mariposas en el estómago, de felicidad pura, de gratitud por poder estar viendo algo así de hermoso. La imagen mental que me había formado de Guatemala tenía más que ver con calor y selva que con frío y montaña, así que realmente me toma desprevenido lo que veo por la ventanilla.

Llegamos a Todos Santos y vamos directo a la plaza principal. La niebla está muy baja y el ambiente es mágico. Bajamos por la calle de la iglesia y entramos al cementerio más colorido que vi jamás. Las tumbas de los niños pintadas de azul, y las de las niñas de rosa. Al lado de cada una de ellas, un vaso de agua, algo de comer, o un ramo de flores. Hilario Ramos, que falleció a la edad de ciento cuatro años, descansa a un lado de Pablo Carrillo, quien no llegó ni siquiera al octavo mes de vida. El día inicia con contrastes y seguirá así hasta el próximo amanecer.

A los pocos minutos de salir del cementerio, comienza a llover. Me encanta la lluvia, pero estando de viaje puede arruinar totalmente un día. Eso de caminar con las mochilas y la ropa empapados no es algo que se disfrute mucho, y menos cuando ni siquiera se tiene un techo donde dormir.

Deleitados por el paisaje, decidimos salir del pueblo y buscar algún lugar para acampar. Preguntamos a los locales y nos mandan a una zona arqueológica a unos quince minutos caminando por una subida inclinada. Llegamos a la cima de una pequeña montaña y las vistas son tan espectaculares que decidimos armar las carpas ahí mismo; en dos minutos ya estamos dentro. Saludamos a todo aquel que pasa cerca para asegurarnos de que los vecinos no tengan problema con que acampemos ahí, y no hay quien no responda con una enorme sonrisa. Un poco más tarde, la lluvia para y nosotros salimos de nuestras casas.

En cuanto abrimos los cierres, un grupo de chicas se acerca. Ríen mucho, medio que se esconden de nosotros, pero finalmente nos saludan y comenzamos a charlar. La mayor se llama Yulisa, tiene dieciocho años y estudia la preparatoria pero hoy no tuvo clases. Viene acompañada de su amiga Elisa. Hablan entre ellas en lengua Mam y se ríen cuando hacemos cara de no entender nada. Al poco tiempo llega María, que tiene catorce años. Todas van a la misma escuela, y como viven muy cerca, salen a jugar a la pelota al lugar donde estamos acampando.

Al poco tiempo estamos riendo todos a carcajadas. Nos preguntan por qué hablamos español si somos gringos, por qué salimos de México para viajar, y por qué dormimos en esas cosas raras. Nosotros queremos saber más de su vida cotidiana, así que no dudamos en preguntar también.

Charlamos de mil y un temas. Al rato llega Santos, que se une también a las risas y se dedica a alejar la oveja que viene a morder mi tienda. Es un día muy alegre, estamos todos compartiendo y el grupo se hace cada vez más grande. No entendemos una palabra de lo que dice Santos, pero la sonrisa hace de lenguaje universal. Sacamos la Lonely Planet y Yulisa nos dice que el diccionario mam al final de la guía no tiene nada que ver con lo que hablan ahí. Gogo se pone a jugar fútbol con María y yo saco la cámara para hacer algunas fotos.

María

Unos minutos después, Ángel se une al grupo. Debe tener unos diez años de edad y tiene una sonrisa enorme en la cara. También nos pregunta si sabemos inglés y en cuanto le digo que sí, nos empieza a preguntar la traducción de decenas de palabras. Voy a buscar dónde anotar y lleno dos cartas con un pequeño diccionario improvisado. Con lo que me pregunta, abro un poquito la ventana hacia su mundo cotidiano. Palabras como lámina, leña, oveja, cabra, cargar y montaña son las primeras que pasan por la cabeza de un chico de diez años en medio de los Cuchumatanes guatemaltecos.

Pasa tan rápido el tiempo que pronto empieza a oscurecer. María nos pregunta si no tenemos miedo de dormir ahí, y -un poco preocupados- queremos saber si deberíamos. Nos dice que sí, que en la noche se aparece el diablo y se escucha la llorona. Volteo a ver a Gogo y creo que pensamos lo mismo: mientras sean diablos o lloronas todo está bien. Por las dudas, le preguntamos a Yulisa si es seguro acampar donde estamos y nos dice que sí.

Yulisa

Después de una sesión improvisada de fotos, nos despedimos de todos y entramos a las carpas. Estamos muy alegres  pero cansados, y lo único que queremos es dormir. Ha sido un día increíble. Lo que nadie nos dijo (en realidad sí nos dijeron pero no hicimos mucho caso), es que estábamos a punto de acampar en uno de los lugares más fríos de toda Guatemala. Yo me puse dos pares de calcetines, unos jeans, dos playeras y una chamarra grande, además de meterme en la bolsa de dormir; pero nada de eso evitó que la temperatura calara hasta en los huesos.

Dormimos unas tres horas despertándonos cada veinte minutos por el frío. Son más o menos las doce de la noche cuando despierto y cambio de posición. La bolsa de dormir hace ruido, y entonces escucho el ladrido de un perro enorme a menos de un metro de donde estaba durmiendo.

Quedo petrificado. No puedo (ni quiero) moverme un milímetro más. Giro la cabeza y me encuentro con la nariz de otro perro a veinte centímetros de mi cara. Se me cruza por la cabeza la imagen de Gogo siendo atacado y siento un escalofrío en todo el cuerpo. El perro grande vuelve a ladrar y esta vez le responden al menos otros cinco desde algún lugar lejano. Si tan solo uno se decide a atacar, estamos perdidos. Ruego por que Gogo tampoco haga ningún ruido, y seguimos en la misma posición por al menos diez minutos, en absoluto silencio.

Mientras los dos perros dan vueltas entre las tiendas, juro que no vuelvo a acampar jamás. Daría dado todo con tal de teletransportarme a mi cama y olvidarme de lo que está pasando. No sé si puedo llorar, pero el miedo y el frío me erizan los pelos de la piel, y me ponen a temblar como nunca. Cuando los perros parecen alejarse, no sé si sentir alivio o preocuparme por si vienen más. Entonces le hablo a Gogo.

Acampando en los Cuchumatanes.

Creo que nunca oí voces más temblorosas en mi vida. Tanto él como yo estamos TAN asustados que no somos capaces ni de armar una frase. Como podemos, decidimos que lo mejor es desarmar todo rápidamente e ir a buscar ayuda al pueblo. Tardamos una eternidad en salir de las carpas y soy yo quien desmonta primero. Mientras Gogo alumbra los alrededores, yo desarmo mi tienda y meto todo a la mochila sin el menor orden. Queremos salir de ahí lo más rápido posible. En cuanto termino, tomo la linterna y alumbro mientras Gogo desmonta su tienda. Detrás de un árbol vemos al perro que había estado oliendo mi carpa. Otra vez terror extremo.

Afortunadamente, el perro permanece un rato parado donde mismo, y después se aleja por la montaña. Gogo termina, y ahora inicia la caminata hacia abajo. Sabemos que si nos encontramos con los perros en la ruta, los que tienen la última palabra son ellos. Cada sonido nos aterroriza, y cuando llegamos a la calle principal, vemos que todos los hoteles están cerrados. Seguimos caminando y a lo lejos vemos nuestra salvación.

Se trata de un edificio amarillo. Las letras blancas leen “Municipalidad de Todos Santos” y en cuanto llegamos sabemos que ese será nuestro refugio por la noche. Cuando un policía se acerca, entiendo que tendremos mucho que explicar, pero que finalmente podremos esperar en un lugar seguro hasta el amanecer. Le contamos la historia y se porta mucho más amable de lo que esperamos. Nos dice que podemos dormir ahí, y que no hay problema incluso si queremos usar el baño.

Recién entonces puedo hablar con Gogo de lo que pasó. Estábamos tan concentrados sacándonos de la situación que no habíamos siquiera tenido la oportunidad de charlar. No podemos creer lo que acababa de pasar: Unas horas antes estábamos pasándolo increíble con chicos de una comunidad Mam y hacía solo minutos experimentábamos el peor miedo de nuestras vidas. Afortunadamente sabemos que el primer autobús rumbo a Huehuetenango parte a las cuatro de la mañana. Finalmente no es tanto el tiempo que hay que esperar.

El reloj marca las cuatro y abordamos. Vemos el amanecer desde el autobús, y sabemos que la noche anterior no la olvidaremos jamás. Una campaña turística de Guatemala utiliza el eslógan “Lecciones de Vida”, y creo que nadie le había hecho más honor que nosotros dos, en aquella comunidad perdida de la sierra de los Cuchumatanes.

Al día siguiente llegamos a Quetzaltenango.

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